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miércoles, 22 de septiembre de 2010

RAMÓN LAVAL (1862- 1929)

Ramón Laval, uno de nuestros grandes folkloristas, quien hizo una labor preciosa de recopilación de cuentos chilenos en la zona de Carahue y en el sur. Hizo un trabajo comparativo de su recopilación de cuentos con su equivalente europeo. A pesar de su labor como  funcionario en la Biblioteca Nacional, se las arregló para escaparse a las zonas más apartadas para hacer el trabajo de plasmar en escrito, cuentos que vivían en la tradición de nuestras familias chilenas.
Les mostramos un cuento, muy conocido, por lo demás, pero siempre fascinante, de la tierra de Colchagua.


EL MEDIO POLLO.

(Ramón Laval)
Contado por doña Polonia González de la tierra de Colchagua.


    Para saber y contar y contar para saber. Esta era esterita para sacar peritas, este era esterones para sacar orejones. Esta era una gallinita muy buena ponedora y sacadora. Una vez puso veinte huevos en su nido y sacó diecinueve pollitos no más y se levantó muy afligida, porque había perdido un huevito.
    Principió entonces la gallinita a dar vueltas en torno al huevito y conoció que estaba medio huero y pensó:
    - Si me echo otra vez, saldrá cuando menos un Medio Pollito.
    Y así fue que del cascarón salió un medio pollito. La gallinita era muy querendona con sus hijitos, pero más que a ninguno quería al Medio Pollito. Le tenía cariño y un poco de lástima; cada vez que lo veía le daba pena de ver que no podría volar. No tenía más que una alita y caminaba a saltos, pues sólo tenía una patita.

    El Medio Pollo fue creciendo y la gallinita se fue poniendo viejacona y ya no podía trabajar. Entonces el Medio Pollito le dijo a su mamita:
    -Viejecita, échame la bendición, porque me voy a rodar tierras.
Y se fue a saltitos porque tenía una sola patita. Entonces anduvo muchos días sin encontrar trabajo. Un día escarbando un montón de hojas, encontró una naranjita de oro y casi se cagó de gusto. La escondió debajo de su alita y pensó:
    - Si se la llevo al rey, me dará gransitas para llevarle a mi mamita.
    Se fue donde el Rey y en el camino se encontró con un arriero que traía una recua muy grande de mulas y venía de vuelta. El Medio-Pollo le preguntó al arriero:
    -¿De dónde viene mi arrierito?
    - Me he vuelto-, dijo el arriero-, porque el río trae mucha agua y no me animo a pasarlo, porque se pueden ahogar las mulitas.
    -Así como usted me ve-, dijo el medio Pollo-, yo lo voy a pasar no más, porque tengo que ir donde el Rey.
     Entonces dijo el arriero:
    -¿Por qué no me llevas con mis mulitas, Medio Pollo?
    -Bueno -, dijo el Medio Pollo: "Métete en mi potito y tráncate con un palito".
Y se metieron en el buche del Medio Pollo el arriero con todas sus mulitas. Al llegar al río vio que venía muy ancho con tanta agua que traía y se puso a pensar:
“Yo no puedo volar porque no tengo más que una alita ¿Qué hago yo?  Me voy a tomar toda la agüita hasta dejarlo seco y poder pasar”  Entonces el Medio-Pollo se tomó toda el agua del río y pasó para el otro lado.
Siguió marchando un día entero hasta que topó con un tigre que estaba descansando en una piedra.  Entonces el Medio Pollo le dijo:
- ¿Qué hace aquí, compadrito tigre?
    - Tengo que ir donde el Rey-, dijo el tigre-, y estoy muy cansado. ¿Por qué no me llevas tú, Medio Pollito?
    - Bueno-, le dijo el Medio Pollo: "Métete en mi potito y tráncate con un palito".
Y entonces el Tigre se metió en el buche del Medio-Pollo.
    El Medio-Pollo se puso en camino otro día más, hasta que se encontró con un león que estaba echado de ladito.  Entonces el Medio Pollo le dijo:
    - ¿Qué hace ahí, compadrito león?
    - ¡Qué he de hacer Medio Pollito!-, dijo el león-.  ¡Estoy medio despiadado de tanto andar y tengo que ir a casa del Rey, ya no puedo más!  ¿Por qué no me lleváis vos, Medio Pollito?
    -Bueno-, le dijo el Medio Pollo: "Métete en mi potito y tráncate con un palito".
    Se metió ligerito el león en el buche del Medio Pollo. 
Todavía tuvo que andar un día el Medio Pollo hasta que tropezó con una zorra que se estaba haciendo la dormida debajo de un espino.  Entonces el Medio Pollo es que le dijo:
    - ¿Qué está haciendo ahí, mi comadrita zorra?
    La zorra contestó:
- Aquí estoy compadrito, media muerta de hambre.  Hace días que no como ni un racimito de uvas siquiera.
    Le dijo entonces el Medio Pollo:
    - Yo la llevaré, comadrita, donde el Rey. Puede que le tenga lástima y le dé algo de comer: “Métete en mi potito y tránquese con un palito".
    Saltó la zorra y se metió en el buche del Medio Pollo. Siguió él caminando, camina  que te camina hasta que topó con el palacio del Rey.
    Cuando entró en la sala del trono, el Medio Pollo dijo:
    - Mi rey, mi soberano, aquí he venido desde muy lejos para traerle a su majestad esta naranjita de oro, que es regalo que yo le traigo.
    El Rey  tomó la naranjita y dijo a sus pajes:
    - Llevad el Medio Pollito al gallinero y le ponen bastante trigo y gransita y una paila de agua fresquita.
    Los pajes escoltaron al Medio Pollito y abrieron el gallinero y le pusieron trigo y gransita para que se llenara el buche y en seguida se retiraron.  Entonces todos los gallos, las gallinas se le fueron encima a picotearlo que casi se lo comieron vivo.  Cuando se vio muy acorralado, se fue a un rinconcito, pujó un poquito y salió la zorra.  Allí mismo se comió todos los gallos, toditas las gallinas y toditos los pavos y no dejó ni unito, y se arrancó para la cordillera.  Entonces, el Medio Pollo se comió todas las gransitas.
    Al otro día fueron los pajes, con las claras al gallinero, para ver cómo había amanecido el Medio Pollo.  Se quedaron todos patifríos cuando vieron que el Medio Pollo se había comido todas las aves, porque no sabían que se las había comido la zorra.  Se fueron todos apurados donde el rey y le gritaron todos a un tiempo:
-   ¡Señor Rey, el Medio Pollo se ha comido todas las aves y no ha dejado ninguna!
    Y el rey contestó:
-        Bueno, ¿qué haremos con el Medio Pollo?, ¡yo no lo puedo matar porque me ha traído este regalo!
    Y un paje tuvo la ocurrencia:
-   Si a su Sagrada Majestad le parece, lo echaremos al potrero donde están los caballos cocheros de su Majestad y puede ser que los caballos lo maten a patadas.
-   Bueno-, dijo el Rey-, pero les prohíbo que lo maten ustedes.
    Y lo echaron al potrero.  Entonces cuando el pobrecito Medio Pollo se vio entre las patas de tantísima bestia, le entró un miedo tremendo y arrimándose a un rincón, pujó un poquete y echó al león para afuera. ¡Al león qué le han dicho! Se comió todos los caballos, pegando zarpazos aquí y allá y se fue a la cordillera.
    Al otro día bien de alba, fueron los pajes a ver si los caballos habían matado al Medio Pollo y casi se cayeron de espaldas cuando vieron al Medio Pollo arriba de un árbol, cantando a todo lo que le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los caballos.  Así lo creían ellos, porque no sabían que se los había comido el león.  Se fueron corriendo donde el Rey a contárselo todo.
    El Rey se quedó muy admirado, carraspeó un poco y dijo:
-   Yo no puedo matar a ese Medio Pollo que me ha traído esta naranja de oro de regalo.  Ustedes sabrán lo que hacen con él, pero prohíbo que lo maten.
    El paje principal habló muy empinado:
-   Si su sacarrial majestad quiere, lo echaremos al potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad. 
El pobre Medio Pollo se vio entonces muy afligido entre las patas de tantísimas vacas y no hallaba como salir del paso.  De puro miedo se le escapó un pedito y salió el tigre hecho una fiera y se comió toditas las vacas y se arrancó para la cordillera.
    Al otro día tempranito, al tiempo que cantan las diucas, fueron los pajes al potrero de las vacas y vieron que no quedaba ninguna.  Casi se cayeron, muertos de rabia cuando vieron al Medio Pollo encaramado en una rama y cantando "Pío, pío, pío".
    Ahora se fueron furiosos y se atropellaron para hablar con el Rey:
-   ¡Señor, el Medio Pollo debe morir, porque tiene el diablo metido en el cuerpo! ¡Se comió todas las vacas y si lo dejamos nos va a comer a nosotros!
    El Rey los miró y les dijo:
-   ¡Como voy a matar a este Medio Pollo que me ha traído un regalo tan bueno! ¡Ya he prohibido terminantemente que lo maten!
-   Bueno, pues, señor, como usted mande.  No lo mataremos, pero si su majestad no se enoja, lo meteremos al horno del pan para que así se ase al rescoldo.
    Entonces los brutos de los pajes, echaron al Medio Pollo al horno, cuando estaba bien caldeado.  Casi se cagó de susto.  Se arrimó a la boca del horno y se puso a pensar:    "¿Qué hago yo?, si me largo un pedito, con el viento que eche, las llamitas van a crecer y me quemo más lueguito”.  Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.
    El Medio Pollo no se acordaba que tenía metido el río dentro de él, pero con el calor del horno se empezaron a alborotar las aguas y a sonarle las tripitas, entonces medio muerto del susto, pujó con todas sus fuerzas y salió el agua bramando y apagó el fuego.  Como era la hora que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.  El Medio Pollo se fue donde el Rey y le contó:
-   Están todos muertos esos condenados que me querían matar.
    El Rey se puso muy contento de verlo vivo y le comentó:
-   Yo les había prohibido que te mataran.  ¿Y qué venís hacer ahora Medio Pollito?
-   Si su Sacarrial Majestad, me da permiso, me voy para mi tierra, porque quiero ver a mi mamita que estará con cuidado.
    El Rey mandó al mayordomo que le diera todo el trigo que había en el palacio, que era una barbaridad y entonces el Medio Pollito volvió a pujar y salió el arriero con todas sus mulitas y cargaron todo el trigo.
    Cuando llegaron a su tierra, el arriero y el Medio Pollito se repartieron el trigo como hermanos en dos pilitas iguales y cada cual se fue con la suya.
    La gallinita se puso muy contenta al ver a su Medio Pollito y nunca más tuvo que trabajar.  Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

domingo, 29 de agosto de 2010

LA FLOR DEL COBRE. Cuento de tradición oral chileno.

Resulta que una vez había un matrimonio que vivía en un campito, cerca de un pueblo, en el sur. Los dos eran viejos, muy viejos. Y resulta que el marido era tan flojo, que nunca había trabajado en cosa alguna, y en cuanto le hablaban de hacer algo, se quejaba a gritos de sus muchas enfermedades y se iba a la cama, diciendo que ya poco le iba faltando para entregar su alma al Taita Dios. Y resultaba también que la pobre mujer, a pesar de sus años, tenía que seguir comidiéndose, para mantener ella sola el hogar.

Con la terrible pereza del marido, a quien llamaban don “Quejumbre-No-Hace-Nada”, el campito estaba hecho una maraña de zarzas y la casa se caía, a pesar de los puntales que le habían arrimado algunos vecinos misericordiosos. Pero esto no era impedimento para que don “Quejumbre-No-Hace-Nada” siguiera durmiendo lamentándose de sus males.

Un día estaba doña “María Soplillo”, que así se llamaba la mujer, zurciendo los pantalones de don “Quejumbre-No-Hace-Nada”, cuando sintió que éste llegaba muy contento del pueblo, donde había ido en busca de remedios para las muelas.

Apenas la divisó, le dijo…

- Figúrese la suerte, vieja…

- Usted dirá. Aunque sería mejor que diera antes las buenas tardes…

- Buenas tardes. Pero no interrumpa. Figúrese la suerte…A la primera vuelta del camino, me encontré con una señora muy “encachá”, que me preguntó para dónde iba. Yo le contesté que para el pueblo, a comprar medicinas para el dolor de muelas. Entonces ella me dice que es “meica” y que me puede dar un remedio que no sólo es para las muelas, sino que es para todos los males conocidos. Y voy entonces yo y le pregunto: “¿Y qué remedio es ese, Misiá?” Y ella me contesta:- “Es la flor del cobre”-, “No la conozco, ni nunca la había oído mentar”- le respondí. Y ella me vuelve a decir: -“Aquí tiene la semilla; váyase para su campito y la siembra y en cuanto dé flor, verá como se alivia inmediatamente de sus muchos achaques”.

- ¿Y qué le dio viejo?

- Esta bolsita con semillas. Al tirito las voy a sembrar.

Entonces doña “María Soplillo” se puso en pie, muy contenta al ver a su marido tan dispuesto y alegre. Y le preguntó:

- ¿Dónde las va a sembrar?

- Aquí no más, en la huerta. Pero la Misiá me dijo también que tenía que sembrarlas todas y en tierra bien limpia y barbechada. Por suerte que no son muchas.

Y don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se fue en busca de la pala, del azadón y del rastrillo, que estaban por allí, en un cuarto, todos llenos de telarañas y moho.

Toda la tarde se pasó arreglando un retazo de tierra, sacando maleza, arrancando raíces, arando y rastrillando. Cuando llegó la puesta de sol, estaba el retazo de huerta convertido en una lindeza de barbecho. Y don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se fue a acostar completamente rendido, dispuesto a levantarse al alba para sembrar las semillas de la planta del cobre, cuya flor habría de mejorarle la salud.

Pero resulta que a la mañana siguiente, cuando comenzó a esparcir la semilla, que estaba en una bolsita de cuero no más grande que una mano cerrada, ésta no terminaba nunca, y aunque don “Quejumbre-No-Hace-Nada” lanzaba grandes puñados al surco, el contenido de la bolsa no disminuía. ¡Y ya no había dónde sembrar más!

- ¿Qué haré?- la preguntó a doña María “Soplillo”.

- Usted sabrá- dijo la mujer modosamente-. Pero según sus palabras de ayer, la Misiá le recomendó que sembrara todas las semillas.

- Así no más fue- dijo el viejo.

Y se puso a preparar otra porción de tierra, un poco más grande que la barbechada la víspera.

Pero al día siguiente pasó exactamente lo mismo: la semilla no llevaba trazas de disminuir. Al gran holgazán de don “Quejumbre-No-Hace Nada” le dieron ganas de no seguir en la empresa; pero justamente en ese momento, le dieron unas fuertes punzadas en las muelas, tan fuertes como no las había sentido nunca. Y esto lo hizo decidirse a barbechar un pedazo del potrero, en vista de que la huerta ya estaba toda sembrada y que las semillas parecía que no se hubieran empleado nunca.

Y al cabo de diez días de trabajos y de rezongos y de decir que no daba una palada más y de volver a dolerle las muelas y de volver, entonces a trabajar, don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se encontró de repente con todo su campito limpio, barbechado y sembrado y que empezaban a brotar unas hojitas verdes y que había que regarlas, cuidando de que en los camellones no fuera a salir de nuevo maleza y que había, además, que vigilar los caracoles y los gorriones y que, por lo tanto, había que seguir levantándose al alba y trabajando el día entero.

Y resulta que a don “Quejumbre-No-Hace-Nada” se le había olvidado quejarse y ni una mala “lipiria” le daba. Y resulta también que cuanto más crecían las plantas de “La flor del cobre”, más parecían matas de maíz, y al fin don “Quejumbre-No-Hace-Nada” tuvo que convencerse de que no había tal “Flor del cobre”, sino unos choclos lindos que empezaron a comer hechos ricas humitas por mano de doña “María Soplillo”, cuando no eran cocidos, o en unos pasteles con pino y todo. Y como los choclos cada vez cundían más, resolvieron cosecharlos y venderlos en el pueblo. Pero eran tantos, tantos, que dejaron una parte en la casa para hacer chuchoca y otro poco para darle a las aves, y el resto, en la carreta del compadre Juan Pablo Retamales, que se las prestó para llevarlos al mercado, donde sacaron por él un buen precio.

Entonces se compraron ropa para el invierno, una olla grande, una vaca y un burro, tres gallinas, un gallo y dos conejos blancos con manchas rubias y ojos negros. Y una pala y un arado y un rastrillo. Y muchas cosas para comer.

Y aunque hicieron tanta compra, aún le quedaba a don “Quejumbre-No-Hace-Nada” plata amarrada en una punta del pañuelo, al volver a su campito.

Entonces le dijo a doña “María Soplillo”:

-Aquella Misiá que me dio la semilla harto que se burló de mí.

-Si no hubiera sido por ella, a estas horas seguiría siendo pobre y enfermo, bueno para nada. No sea, pues, mal agradecido-, contestó la vieja.

-¡Cierto no más es!

-Con razón le dijo la Misiá que se le quitarían los males. Hace tiempo que no lo oigo quejarse de nada. Y “La flor del cobre”, sus buenos cobres y chauchas y pesotes que le ha dado…

-¿Y quién sería la Misiá?

-¡Para mí que era la mismita señora María Santísima de los Cielos!

-Hasta que al fin di con quién era…

-Entonces le vamos a dar al tiro las gracias y le vamos a rezar un Ave María con harta devoción.

Y ésta es la historia de “La flor del cobre”


que volvió diligente y sano a un hombre.



viernes, 27 de agosto de 2010

¡¡OTRO CUENTO CHILENO!!

LOS VIEJOS MEZQUINOS.
(Ramón Laval)


Para saber y contar y contar para aprender. Esta era una pobre mujer que tenía dos niños llamados Juan y Miguel. Cuando estaba enferma y por finar, se los dejó encargados a sus suegros, dos viejos con fama de ser grandísimos tacaños.

Los abuelos cuidaron de los niños con muchos trabajos, algunos palos y nada de cariño.

Un día, decidieron matar el chancho que tenían. Como no querían que los chiquillos supieran ni comieran nada, lo hicieron todo solos. Mandaron a los niños al monte a buscar leña y ellos mataron y prepararon al chancho y lo guardaron escondido debajo de las camas.

Los niños maliciaron lo que había sucedido y con un poco de ojo y otro poco de oído descubrieron que los viejos no querían convidarles. Entonces dijeron: -"Tenemos que comernos nosotros el chancho"

Juan dijo a Miguel:

-Mira, Miguel, esta noche entramos al dormitorio de los abuelos y cuando estén bien dormidos, tú le preguntas a la abuela, “¿Te acuerdas, vieja, dónde escondimos el chancho?”.

Así lo hicieron y la vieja, medio dormida, le contestó:

-¿No te acuerdas que lo dejamos debajo de la cama?

Entonces, Juan sacó el chancho y echándoselo al hombro, se fue con Miguel a comérselo al cerro.

Estaban asando el tapabarriga cuando el viejo despertó, y encendió un fósforo, miró debajo de la cama y como no viese al chancho, preguntó a la vieja:

-¿Te acuerdas, vieja, dónde escondimos el chancho?

-¡Qué viejo tan pesado! ¿No acabo de decirte que debajo de la cama? ¡Déjame dormir, será mejor!

-Mira vieja, el chancho no está. Se lo han robado, y los ladrones han sido los chiquillos. Voy por ellos y les quitaré el chancho.

Tomando varias velas y una caja de fósforos se fue al trote derecho al cerro.

De lejitos, vio la fogata que tenían los niños para asar parte del chancho. El viejo entonces se preparó. Encendió seis velas: una en el trasero, dos en las narices, otra en la boca y las dos restantes, una en cada mano.

Juan miró hacia el camino y en medio de la oscuridad, vio la extraña figura que avanzaba echando fuego por la boca, narices y trasero, y aunque no era cobarde, sintió algo de miedo. Sintió que se le erizaba el pelo y que un frío le recorría la espalda. Con voz temblorosa preguntó a Miguel:

- ¿Conoces al Malulo?

-No,- le dijo Miguel.

-¿No será ése que viene ahí?

-Él es, pues. Debe ser él,- dijo Miguel-.

Y usando sus buenas piernas dejaron el chancho y corrieron a ponerse a salvo.

El viejo tomó el chancho al hombro y regresó a su casa. En esto, amaneció. El viejo le dijo a la vieja:

-Y ahora, vieja ¿dónde los escondemos?

-Pongámoslo dentro del horno, dijo la vieja-. Y allí lo ocultaron.

Juan y Miguel volvieron en la noche y al igual que la vez anterior, Miguel, imitando la voz del viejo, preguntó:

-¿Te acuerdas, vieja, dónde escondimos el chancho?

Y la vieja medio dormida, contestó:

-En el horno, pues, viejo.

Entonces fueron al patio donde estaba el horno del pan y sacaron el chancho.

Al cantar el gallo, cuando los rayos del sol despertaban a las diucas, el viejo salió a ver a su chancho. Al no encontrarlo, salió a buscar a los ladrones.

Miguel dando la vuelta a la casa entró al dormitorio y poniéndose una pollera de la abuela y un rebozo, salió al camino.

Mientras esto sucedía, el viejo ya había encontrado a Juan y le había quitado el chancho. Venía caminando fatigado hacia la casa cuando vio a Miguel, creyendo que era la vieja, le dijo:

-Vieja, ayúdame con el chancho que está pesado y vengo cansado.

Miguel, sin decir palabra tomó el chancho y siguió caminando. Mientras el viejo se sentaba a enjugarse el sudor con su pañuelo.

Miguel, todavía disfrazado de viejita, apenas lo vio que quedaba oculta, se fue a reunir con Juan.

Cuando el viejo hubo descansado, se quedó dormido y no se despertó, sino con el cacareo de las gallinas a medio día. Volvió a casa y se encontró con su vieja durmiendo y de chancho.... nada.


Pero Miguel y Juan ya tenían el asado preparado y el olorcillo del festín llegó a las narices de los abuelos.

-¡Vengan abuelos!,- les gritaron los niños.

Así, entre avergonzados de ser mezquinos y contentos de ponerse en paz con sus chiquillos, los abuelos gozaron de un buen asado y de mejor fortuna.

lunes, 23 de agosto de 2010

La Biblioteca del San Rafael te invitan a leer este precioso cuento de tradición oral chileno.

EL REY TIENE CACHITO.

Recopilado por don Ramón Laval.
Cuento de tradición oral chileno.


Este era un rey que cayó enfermo de un fuerte dolor a la cabeza. Su dolencia le obligó durante muchos días a guardar cama y durante ellos no pudo ocuparse de los asuntos de gobierno. Cuando se levantó, se encontró con que le había salido un cachito.
El rey, por supuesto, quiso tener oculta de todos esta desgracia; pero no lo consiguió: el pelo le creció tanto que tuvo necesidad de hacer llamar a un peluquero, encargando que le trajeran el más discreto de la ciudad.
Sus ministros pasaron revista a todos los fígaros de la capital y, por fin, creyeron encontrar al que Su Majestad necesitaba: era éste un pobre hombre que, aunque manejaba magistralmente las tijeras y la navaja, casi no tenía clientela porque era muy reservado y poco comunicativo. No hablaba sino cuando era de absoluta necesidad.
Con los informes de los ministros, el rey lo nombró su peluquero real.
En la primera sesión, el rey le dijo que a ninguna persona debía comunicarle su desgracia y le exigió bajo juramento que así lo hiciese. El peluquero juró que a ninguna persona diría que el rey tenía u cachito. Después de esto le cortó el pelo y se retiró para volver dentro de un mes.
No hizo más que salir el peluquero y sentir un desasosiego como nunca lo había tenido. Y lo peor, es que este malestar no lo dejaba y experimentaba como una necesidad de echar afuera aquel secreto que le hormigueaba por todo el cuerpo. Y aquí tenemos a nuestro hombre, que hasta entonces había vivido tranquilo, convertido en el ser más desgraciado de la tierra: no comía, no dormía, no trabajaba, no tenía ánimos para nada.
Y sin embargo de no comer, se iba hinchando, hinchando hasta ponerse redondo como una tinaja.
El pobre hombre se sentía desfallecer, no hallaba qué hacerse. Estaba seguro de que se moriría en horas más si no contaba su secreto. Pero, ¿y el juramento? Él era buen cristiano y por nada de la vida perdería su alma.
Desesperado, salió al campo y aquí le ocurrió una idea salvadora. Con una estaca que halló a mano abrió un hoyo echándose de barriga en tierra se puso a decirle:
- ¡El rey tiene cachito!, ¡El rey tiene cachito!- repitiendo la oración no menos de cien veces. Y a medida que la iba diciendo, la barriga se le iba deshinchando. En seguida tapó el hoyo con la misma tierra que de él había sacado.
¡Qué desahogado, qué aliviado y qué flaco se levantó el barbero! ¡Qué feliz se sintió! Pocos momentos después llegó a su casa pidiendo desaforadamente que le dieran de comer. ¡Qué apetito! ¡Todo lo que le servían se le hacía poco! La mujer estaba desesperada: ¿de dónde sacaría alimentos suficientes para llenar aquel tonel sin fondo? Se comió todo lo que pilló a mano, cuanta materia engullible había en casa, y por fin, más cansado de hacer funcionar las mandíbulas que satisfecho, se acostó. ¡Era de ver la placidez con que dormía el santo varón! Durmió dos días con sus noches, y se levantó feliz, cantando y con grandes disposiciones para trabajar. Era otro hombre.
Pasaron los días unos tras otro hasta completar una semana, cuando ocurrió una cosa inesperada. Los niños de la escuela habían ido a hacer la chancha al campo vecino y encontraron una mata de capachitos, que había brotado, precisamente en el lugar en que el peluquero había hecho el hoyo. Arrancaban las florecitas y tomándolas con el dedo pulgar, índice y cordial, las reventaban en sus frentes, como tienen costumbres de hacerlo. Pero esta vez las florecillas, al estallar, decían:
- ¡El rey tiene cachito!
Admirados los niños de este prodigio, llevaron a sus casas todos los capachitos que quedaban y repitieron la prueba y los capachitos siempre decían:
- ¡El rey tiene cachitos!
No se podía dudar de la noticia, y ella corrió como el aceite: en pocos instantes la conocía toda la ciudad. Y tanto y tanto cundió que llegó a oídos del rey.
El rey hizo llamar al peluquero y después de apostrofarlo duramente le dijo que le haría pagar con la vida su indiscreción. El peluquero respetuosamente, repuso:
- Señor, yo juré a Vuestra Majestad, no decirle a ninguna persona su secreto y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa tengo yo si los capachitos lo andan proclamando a los cuatro vientos?
Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto no había testigos, el rey tuvo que perdonarlo.

Recordando un lindo momento...

En el día de hoy, que hemos reanimado nuestro blog, recordamos la manera estupenda que tiene Carolina Vera de impulsar el amor a la lec...